Las infraestructuras juegan un papel ambivalente en la sociedad de hoy, por un lado, son clave a la hora de favorecer el progreso y su tipología y, por lo tanto, son política y socialmente elementos estratégicos clave para el futuro. Por otro lado, las infraestructuras se implementan modificando la geografía física y social, de forma irreversible, con reacciones a favor y en contra.
En medio de este debate está el hormigón: ha sido clave en el desarrollo y en la construcción de las infraestructuras actuales y, además, no hay ninguna posibilidad de encontrar, a medio plazo, ningún material de contrucción capaz de competir con la eficiencia, el precio y el desarrollo tecnológico del hormigón. Es imprescindible tenerlo presente para abordar proyectos de obra pública y privada. Por tanto, el progreso está ligado al futuro del hormigón. Este panorama genera debates éticos, estéticos, técnicos, medioambientales, etc., que parten de una percepción negativa i banalizada del término hormigón, que hoy actúa como sinónimo de destrucción del medio o de especulación.